Si miramos con lupa muchas narrativas neofascistas actuales, aparece un hilo filosófico común: la nostalgia por un mundo cerrado, jerárquico, con fronteras nítidas entre lo puro y lo impuro, lo propio y lo ajeno, lo bueno y lo malo. Ese imaginario no nace en Twitter o en otra red social; tiene raíces más profundas en ciertas filosofías conservadoras, entre ellas la de Roger Scruton, pero desde una interpretación que busca fundamentar los fundamentalismos. Pero ¿qué suponía Scruton?

Scruton pensó desde una ontología de la forma acabada: familia tradicional, nación homogénea, alta cultura occidental, iglesias y clubes como “órganos naturales” de una sociedad sana. Ese es un mundo concebido como totalidad coherente que habría que restaurar frente al caos contemporáneo. En ese escenario, las instituciones tradicionales heredadas representaban una especie de esencia estable del orden social.

El problema aparece cuando leemos esto desde la transdisciplinariedad y el pensamiento complejo. Para Basarab Nicolescu y Edgar Morin, por ejemplo, una sociedad no es una forma fija, sino un sistema vivo atravesado por múltiples niveles de realidad, antagonismos, emergencias inesperadas. Lo social es simultáneamente orden, desorden y organización. No hay un “mundo terminado”: hay procesos, bucles de retroalimentación, zonas de incertidumbre que ninguna tradición cierra de una vez y para siempre.

Por eso la reacción de Scruton ante Foucault, Derrida o Žižek es reveladora. Les adjudicó un plano arquitectónico del nuevo orden, para él, otra forma acabada que la concibió una “aporia”; por otro lado, cuando no la encontró, concluyó que solo hay nihilismo y resentimiento. No alcanzó a ver que estas otras filosofías intentaron pensar el devenir: genealogías, líneas de fuga, contradicciones estructurales. Son miradas que asumieron la complejidad histórica de las instituciones (familia, escuela, hospital, Estado) y las leyeron como resultados siempre provisionales de luchas, exclusiones y negociaciones.

En ese sentido, la dificultad de Scruton no es solo lógica; es epistémica. Su esquema que puede denominarse hilemórfico –forma/materia– lo fija en un paradigma de simplicidad donde:

  • hay una forma “buena” (tradición occidental) que debe imponerse a una materia social peligrosa;
  • toda crítica de la forma se interpreta como voluntad totalitaria de imponer otra forma o como puro vacío destructor.

En lenguaje de complejidad, es un pensamiento reductor y disyuntivo: corta lazos, separa en lugar de articular, elige entre orden o caos, tradición o nada. La transdisciplinariedad, en cambio, trabaja con lógicas del tercero incluido, con pluralidad de niveles de realidad, con tensiones no resolubles en una sola síntesis. No busca sustituir una totalidad por otra, sino abrir espacios de co-presencia entre diferencias: identidad y alteridad, local y global, raíces y movimientos.

Allí se explica la afinidad subterránea entre Scruton y las narrativas neofascistas. Cuando él describió las luchas feministas, antirracistas o queer como expresiones de resentimiento contra el “orden natural”, ofrece un entorno listo para ser radicalizado: si el mundo valioso ya está dado, toda demanda de justicia deviene amenaza ontológica. El paso siguiente –cerrar fronteras, restaurar jerarquías de género, raza o nación a través de la fuerza– ya no es un desvío grotesco, sino una inferencia política de esa metafísica de la permanencia.

Desde el pensamiento complejo, el asunto se ve de otro modo. No hay “edad de oro” que recuperar, sino trayectorias históricas plagadas de conflictos, donde las instituciones contienen a la vez funciones protectoras y dispositivos de dominación. No se trata de arrasar con todo, pero tampoco de sacralizar lo existente. Se trata de:

  • asumir la complejidad de las herencias (ver en la familia, la escuela o la nación tanto sus aportes como sus violencias);
  • articular saberes (historia, economía, psicoanálisis, ecología, estética…) para comprender procesos;
  • inventar formas organizativas flexibles, abiertas al devenir, capaces de modificarse sin colapsar.

En ese sentido, el neofascismo es una forma extrema de analfabetismo funcional complejo: responde al vértigo del mundo contemporáneo con la promesa de un cierre brutal. Scruton, con toda su finura intelectual, ha sido utilizado para  legitimar ese gesto porque redujo la crítica al orden establecido a una patología del resentimiento y cuando confundió el despliegue de la complejidad con el simple derrumbe de la civilización.

Frente a eso, la transdisciplinariedad no ofrece consuelos fáciles, pero sí un horizonte distinto: aprender a habitar la incertidumbre sin romantizarla; reconocer la necesidad de instituciones sin convertirlas en ídolos; aceptar el devenir sin entregarlo a la barbarie. Quizá la disputa de fondo no sea solo entre izquierda o derecha, globalistas o soberanistas, sino entre quienes piensan el mundo como sistema vivo y quienes lo sueñan como monumento inmóvil. Es allí donde se juega hoy la batalla cognitiva entre pensamiento complejo y nostalgias autoritarias y simplificantes.

¿Qué puedes decir al respecto? Espero abajo tus comentarios.

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9 Responses

  1. Pienso que el analfabetismo funcional frente a la complejidad no es solo un déficit cognitivo. También puede ser una defensa corporal y afectiva. Hay textos que entendemos hasta el punto en que comienzan a tocar algo de nuestra propia historia: el privilegio, la vergüenza, la pertenencia familiar, la clase, la nación, el género o la inocencia que creemos tener. Entonces dejamos de leer: reducimos, ridiculizamos, relativizamos o nos refugiamos en la fantasía de una época dorada.

    La lectura se corta cuando toca una fibra de herida o de privilegio: una pérdida histórica o una ventaja heredada; una memoria de sometimiento o alguna forma de participación en la subordinación de otros.

    Pensar complejamente resulta tan difícil porque nos exige aceptar que un mismo cuerpo puede guardar la memoria de la violencia recibida y, al mismo tiempo, participar —de forma activa o pasiva, aprendida o involuntaria— en violencias sistematizadas.

    Incorporar la corporeidad como dimensión de análisis transdisciplinario permite desplazar la complejidad de un plano exclusivamente cognitivo. La historia no solo organiza instituciones y discursos: atraviesa las respuestas afectivas, las defensas, los deseos y las formas de relación de los cuerpos que la habitan. El desafío consiste en sostener esas contradicciones sin transformar el dolor propio en una coartada para desatender o invisibilizar el dolor ajeno.

  2. Coincido en qué debemos aprender a habitar la incertidumbre. Desde mi perspectiva y solo aplicada a mi vida, resulta difícil, complicado pues he crecido y aprendido a vivir bajo una cultura de llegar a la meta (cualquiera que sea) y sentarse a contemplar el panorama. La sociedad como el mundo, está viva, es cambiante y soy parte de ella. Somos parte.

    • Me parece que estamos en un momento donde se manifiesta la diversidad de cosmovisiones que conviven y lo relevante es comprender esta época, para aprender a dialogar y convivir, la diversidad enriquece a los entornos, nos ayudan a ver otras maneras de pensar y sentir el mundo. Es un lugar de violencia pero también de comprensión, entre otras posibilidades. Cada uno sabrá donde ubicarse.

  3. Una reflexión muy valiosa en términos un esfuerzo para salir de las formas de lógicas de los opuestos, insertando la simultaneidad en todo cuanto producen los humanos. Admitir esa naturaleza no simplista puede aproximar mucho mejor a los sujetos, a una mirada más real de sí y su obra. Gracias por poner este material a la lectura…

  4. Pienso que nuestros tiempos van mas allá de pensamietos polarizados sobre la realidad y que justamente para enfrentarla se necesitan otros enfoques desde el pensamiento complejo otras herramientas que nos permitan un análisis desde la tolerancia,el respeto,los derechos y la comprensión valores de nuestra naturaleza humana fuera de dogmas o sesgos con intenciones secundarias de dominio o inclinaciones ideologicas.

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