La creciente polarización que atraviesa nuestras sociedades suele alimentarse de un ecosistema dominado por opiniones que rehúyen todo examen crítico. Cuando el juicio personal se blinda contra la réplica y se impone como certeza incuestionable, cualquier posibilidad de acuerdo o diálogo genuino queda truncada. Frente a esta inercia, urge recuperar la argumentación reflexiva frente a la emisión automática de posturas: un ejercicio que exige método, escucha y la disposición constante a examinar la solidez de nuestras propias afirmaciones ante los demás.
Aprender a argumentar trasciende por completo el adiestramiento formal en esquemas lógicos o la pericia técnica para vencer a un contrincante discursivo. Cuando nos situamos en los terrenos de la complejidad y la transdisciplinariedad, argumentar se revela como una exigencia ética, epistemológica y política irrenunciable. Frente a problemas como el cambio climático, la regulación de inteligencias artificiales, los dilemas bioéticos o la fragmentación comunitaria, se entrecruzan disciplinas dispares, intereses contrapuestos y saberes no conmensurables. En estos cruces, la ausencia de una práctica argumentativa rigurosa suele derivar en dos manifestaciones destructivas de la violencia:
- Violencia externa: ocurre cuando se clausura la posibilidad del diálogo recurriendo al poder jerárquico, la agresión, el insulto o la censura directa. Por ejemplo, en una mesa de planeación urbana, una autoridad técnica zanja la inconformidad vecinal afirmando: «Este proyecto se ejecuta así porque los especialistas somos nosotros y tenemos el mandato legal, sin lugar a discusión».
- Violencia interna: se manifiesta dentro del debate mismo mediante «argumentaciones violentas» que falsifican razones, manipulan el miedo o la culpa y fuerzan consensos artificiales. Por ejemplo, un comité universitario que, para aprobar un ajuste curricular sin debate, descalifica a los docentes disidentes acusándolos de «enemigos del progreso institucional», coaccionando el asentimiento mediante el chantaje simbólico.
Como argumenta Carlos Pereda en Vértigos argumentales. Una ética de la disputa (1994) y en Conversar es humano (1991), el ejercicio reflexivo de dar y recibir razones constituye la única alternativa radical a la violencia.
El tránsito de la «razón austera» a la «razón flexible o reflexiva»
La transdisciplinariedad al igual que Pereda, piden superar la «razón austera o arrogante» —aquella que opera con certidumbres absolutas, exactitud métrica y deducciones algorítmicas cerradas—, pues resulta inoperante ante la no linealidad de los sistemas complejos. En su lugar, Pereda propone cultivar una «razón enfática, flexible o reflexiva», la cual convive con la incertidumbre y se orienta mediante tres pilares:
- Pluralidad: el reconocimiento sincero de que ningún marco disciplinar posee el monopolio de la verdad y de que existen múltiples puntos de vista legítimos.
- Gradualidad: la renuncia a los binarismos excluyentes de «todo o nada», comprendiendo que la realidad se despliega en escalas continuas y matices.
- Antifundamentalismo moderado: la conciencia de que el saber carece de cimientos metafísicos inmutables y se edifica a partir de los datos y materiales contingentemente disponibles en una tradición histórica y situada.
Los vértigos argumentales en la indagación transdisciplinar
Un riesgo recurrente al abordar la complejidad radica en sucumbir a lo que Pereda denomina vértigos argumentales: mecanismos degenerativos de repetición donde la atención se encandila con una sola dirección de las ideas, usándolo todo para prolongar la misma postura, reafirmar los supuestos de partida e inmunizarse frente a cualquier objeción crítica. En el trabajo académico e incluso el que se presenta transdisciplinar, estos vértigos son sumamente frecuentes y algunos de ellos son:
- Vértigo simplificador: reducir un entramado multidimensional a una sola variable accesible.
- Ejemplo cotidiano: frente al grave problema de la deserción escolar en zonas marginadas, una política gubernamental decreta que «el problema se resuelve regalando tabletas electrónicas con internet a cada estudiante». Se absolutiza una herramienta tecnológica aislada, ignorando de un plumazo la desnutrición, la precarización docente, la violencia doméstica y la falta de infraestructura básica.
- Vértigo complicador: introducir laberintos terminológicos o detalles innecesarios no para esclarecer, sino para evadir el compromiso de decidir o actuar.
- Ejemplo cotidiano: ante la contaminación crítica de una cuenca hídrica que enferma a una población, una comisión técnica posterga las sanciones a las industrias alegando que «el ecosistema es una red tan multidimensional y fractal que se requieren otros cinco años de modelado sistémico antes de cualquier intervención». La complejidad se pervierte como coartada para la inacción.
- Vértigos ontológicos (de la objetividad frente a la subjetividad): anular unilateralmente un nivel de realidad en beneficio de otro.
- Ejemplo del vértigo objetivista: un médico que, tras revisar análisis de laboratorio sin alteraciones evidentes, despide a un paciente que experimenta dolor crónico e invalidante diciéndole: «Usted no tiene absolutamente nada; sus síntomas son meras sugestiones». Se desacredita la vivencia fenoménica en primera persona porque no encaja en la métrica del instrumental clínico.
- Ejemplo del vértigo subjetivista: una persona que rechaza un tratamiento oncológico de probada eficacia biomédica argumentando que «ningún dato exterior o científico tiene valor frente a lo que mi intuición energética me dicta».
El control interno: las virtudes epistémicas del argumentar
Dado que en los problemas transdisciplinares no existen algoritmos externos ni árbitros infalibles que dictaminen de antemano el éxito del debate, el rigor depende del cultivo interno de las virtudes epistémicas. Como destaca Mario Gensollen (Virtudes y vicios argumentativos, 2014), se trata de formar el criterio de los agentes y de cuidar el procedimiento discursivo y algunas virtudes a considerar:
Virtudes morfológicas (el talante de los argumentadores)
- Integridad epistémica: la autonomía para pensar por cuenta propia y la perseverancia para mantener consistencia personal, resistiendo tanto la cobardía de someterse a las modas académicas como el autoengaño.
- Rigor como justicia: dejar de concebir el rigor como mera exactitud matemática; el auténtico rigor radica en hacerle justicia a la naturaleza del asunto tratado, cultivando una atención flexible y colocándose en el lugar del otro para examinar sus razones con imparcialidad.
- Espíritu de rescate (solidaridad intelectual): la disposición a recopilar datos diversos y someterlos a crítica para salvar lo que contengan de genuino, evitando caer en la «retórica del desprecio» (descalificar con soberbia todo lo que escape al propio marco disciplinar) o en la «caridad ciega» (admitir cualquier afirmación por complacencia ingenua).
Virtudes procedimentales (la calidad de la trama del argumento)
- Equilibrio entre fuerzas de ruptura y conservación: articular las fuerzas de ruptura —la contrastabilidad empírica y el poder prospectivo para poner a prueba las hipótesis y anticipar consecuencias— con las fuerzas de continuidad y conservación —la coherencia mediante tolerancia analógica y el poder explicativo para dotar de inteligibilidad al cuerpo de saberes—.
La argumentación en cuanto práctica viva
En trabajos como La argumentación en cuanto práctica (2010), Carlos Pereda subraya que la argumentación no es una concatenación abstracta de proposiciones, sino una práctica socialmente situada. Participan en ella agentes con emociones, creencias e historias, quienes emplean recursos contextuales para cumplir propósitos comunes: resolver desacuerdos, tratar perplejidades y deliberar comunitariamente.
La transdisciplinariedad sólo despliega su verdadera potencia emancipadora cuando renuncia a la imposición monológica y activa una razón flexible. Aprender a argumentar bajo este horizonte no persigue la clausura dogmática ni la victoria sobre el adversario, sino la capacidad ética de habitar la incertidumbre, escuchar la alteridad y tejer acuerdos compartidos sin recurrir a la violencia. Te invito a que profundices en el tema y espero tus comentarios.
6 Responses
Exelente tu escrito:
Es el mal actual por la autocracia como escudo de la inconformidad que genera la ignorancia masiva justificada por el supuesto de la AI cuyo VALOR radica en su uso Enciclopédico sin el cual es un palo de ciego sin posible interpretación
Entiendo, aunque también puede ser un buen recurso la IA para pedir apoyo en mejorar la argumentación de un tempero eso hay que hacerlo saber a los jóvenes y no tan jovenes o ¿tú que piensas?
Me parece que la argumentación debería integrarse a los programas educativos (por supuesto, de acuerdo al nivel de desarrollo) y, lo ideal, que también formara parte de la vida cotidiana en casa, porque es una manera adecuada de estimular la pragmática del lenguaje, misma que permite tanto el entendimiento objetivo como subjetivo de las relaciones sociales dentro de un entorno.
En efecto, pero quizá no hay que esperar a que otros generen cursos o normativas, vale la pena comenzar por uno mismo, ¿no te parece?
“ …el ejercicio reflexivo de dar y recibir razones constituye la única alternativa radical a la violencia.”
Un tema muy necesario y pertinente en nuestros días y siempre.
Las categorías y los ejemplos son muy aclaradores del tema y el cierre es muy contundente.
Gracias querido Maestro.
Gracias a ti y desde luego que debemos cultivar la argumentación, sobre todo en la academia, saludos