La hiperespecialización disciplinar suele justificarse como una exigencia técnica de rigor analítico. Sin embargo, su consecuencia más persistente ha sido la parcelación de la experiencia humana, convirtiendo a las disciplinas en compartimentos herméticos que observan fragmentos aislados de una realidad irreductible a cortes unívocos. Hacia las décadas de los sesenta y setenta del siglo pasado, este modelo comenzó a ser cuestionado desde dos trincheras conceptuales decisivas: la reivindicación antropológica del símbolo articulada por Gilbert Durand y el laboratorio dialógico del Grupo de los Diez. Ambos frentes sembraron los fundamentos ontológicos y epistemológicos sobre los cuales germinarían tanto la transdisciplinariedad teórica como sus prácticas situadas.

Gilbert Durand: de los encuentros de Eranos a la refundación del símbolo

Frente al racionalismo moderno que redujo la imagen, el mito y la metáfora a meros adornos poéticos o engaños arcaicos de la conciencia, Gilbert Durand devolvió al imaginario su dignidad como órgano legítimo de conocimiento. En esta travesía fue determinante su prolongada participación en los célebres encuentros de Eranos, a orillas del Lago Maggiore en Ascona. Allí, en un espacio de diálogo libre entre saberes de Oriente y Occidente, Durand confrontó sus tesis con pioneros del alma y del mito como Carl Gustav Jung, Henry Corbin, Mircea Eliade y Karl Kerényi. Esa atmósfera transcultural lo impulsó a consolidar la noción del trayecto antropológico, mostrando que el pensamiento no surge de una abstracción desencarnada, sino de la incesante retroalimentación entre las pulsiones biopsicológicas del cuerpo (el plano somático y postural) y las demandas del contexto cultural y espiritual.

Al cartografiar las matrices figurativas de la conciencia, Durand distinguió dos regímenes esenciales. El Régimen Diurno, apoyado en el reflejo postural y visual, que combate la angustia del tiempo mediante la antítesis, la separación tajante y la verticalidad ascensional; es la estructura profunda que alimenta el pensamiento disyuntivo y la lógica cartesiana de la escisión. En contrapunto, el Régimen Nocturno acoge la finitud a través de la intimidad nutricia o la reconciliación analógica del ciclo y la metamorfosis, donde los opuestos dejan de aniquilarse para engendrar vida.

Esta reivindicación del Régimen Nocturno resultó crucial para la transdisciplinariedad: aportó la densidad estética, arquetípica y corporal que dialogaría de manera natural con la lógica del tercero incluido formulada por Stéphane Lupasco. Cuando Durand participó en la fundación del Centre International de Recherches et Études Transdisciplinaires (CIRET) en 1987 junto a Basarab Nicolescu; más tarde, garantizó que la Carta de la Transdisciplinariedad de 1994 consagrara el afecto, el mito, la intuición y la sensibilidad corporal como vías epistemológicas fundamentales, evitando que la nueva perspectiva degenerara en un simple instrumental cibernético.

El Grupo de los Diez: el crisol de la autoorganización, la filosofía y la polis

De forma paralela, en las tertulias mensuales organizadas en París entre 1969 y 1976 por el médico Jacques Robin, se reunió un heterogéneo colectivo de pensadores que intuyó el colapso del paradigma mecanicista ante la emergencia de la cibernética, la ecología y las mutaciones tecnocientíficas. El Grupo de los Diez no pretendía ensamblar un catálogo interdisciplinario, sino derribar los muros entre las ciencias de la vida, las ciencias exactas, las humanidades y las decisiones de la vida pública.

El dinamizador de este encuentro fue Jacques Robin, cuya mirada médica y humanista forzó el cruce transepistémico al advertir que los saltos tecnológicos desbocados exigían mutaciones equivalentes en las estructuras de la conciencia ética e institucional. En este espacio, Edgar Morin encontró el caldo de cultivo para forjar los cimientos de El Método. La confrontación con la neurobiología y la teoría de sistemas le reveló que la sociología clásica carecía de sustrato biológico, mientras que la biología permanecía huérfana de reflexión sociocultural; de ahí germinaron los principios dialógico, recursivo y hologramático que definen la inteligibilidad del pensamiento complejo.

A estas deliberaciones se incorporó la voz poética y filosófica de Michel Serres, quien aportó una figura cardinal: Hermes, el mensajero, el dios de las encrucijadas y de los pasajes. Frente a las fronteras rígidas del saber, Serres encarnó la necesidad de trazar puentes entre el rigor de las matemáticas, la física leibniziana y la sensibilidad de las mitologías y la literatura. En el seno del grupo, insistió en que el ruido, la interferencia y el parásito son las condiciones mismas de la comunicación y del cambio, anticipando la urgencia de un nuevo contrato entre la humanidad y el planeta que superara la fractura moderna entre las ciencias de la naturaleza y las del espíritu.

El diálogo se nutría a su vez de aportaciones científicas de primer orden. Henri Laborit introdujo las bases neuroendocrinas del comportamiento social a través del concepto de inhibición de la acción, evidenciando que cuando las estructuras institucionales impiden la lucha o la huida, el organismo entra en un bucle somático autodestructivo que entrelaza la anatomía del cerebro con el ejercicio del poder. Por su parte, el biofísico Henri Atlan transformó la comprensión del desorden biológico con su principio del azar organizador, demostrando que en los sistemas vivos alejados del equilibrio, el ruido informativo no es simple degradación entrópica, sino un motor de autoorganización capaz de gestar un orden cualitativamente superior.

A esta articulación se sumó Joël de Rosnay, quien propuso la figura del macroscopio: una herramienta mental orientada a observar lo globalmente articulado, capaz de decodificar las retroalimentaciones y flujos que vinculan a la célula con la ecósfera y las redes digitales. Desde la perspectiva económica, René Passet demolió la ficción neoclásica del flujo monetario circular cerrado para formular los principios de la bioeconomía, mostrando termodinámicamente que el subsistema económico humano es un sistema abierto estrictamente supeditado a los límites y equilibrios de la biosfera. Finalmente, la presencia de figuras comprometidas con la acción colectiva y la planificación gubernamental, como Michel Rocard y Jacques Delors, ancló estas reflexiones a las tensiones concretas de las políticas de empleo y las decisiones públicas, anticipando el compromiso ético que caracteriza a la transdisciplina aplicada.

La convergencia transepistémica

La fecunda convergencia entre la mitocrítica forjada al calor de Eranos y las indagaciones sistémicas del Grupo de los Diez trazó la brújula del giro transdisciplinar contemporáneo. Mientras el colectivo dinamizado por Robin —enriquecido por el nomadismo filosófico de Serres y la autoorganización viva— desarticuló las certezas de la causalidad lineal, Durand evitó que esa articulación quedara atrapada en una fascinación tecnocrática, devolviéndole a la ecuación humana el misterio del símbolo, la fuerza arquetípica del imaginario y la presencia viva del cuerpo. Ambos empeños confirmaron que la realidad no se agota en las fronteras de una disciplina, y que religar lo vivo, lo social y lo simbólico constituye el desafío ético ineludible de nuestro tiempo.

Desde luego, la mirada contemporánea no está exenta de tensiones y reservas críticas frente a estas formulaciones pioneras. Quienes examinan hoy estos legados quizá lleguen a advertir los riesgos de un universalismo arquetípico desanclado de las contingencias históricas en Durand, las extrapolaciones mecanicistas u organicistas aplicadas a los conflictos sociales en el Grupo de los Diez, o la recurrente sospecha analítica ante la dificultad de operacionalizar empíricamente nociones tan amplias. Cada quien habrá de sopesar, confrontar y acaso resignificar estas objeciones a la luz de los debates epistémicos de nuestro tiempo; sin embargo, examinar estos antecedentes resulta imprescindible para comprender el origen de la transdisciplinariedad, no como una moda académica reciente o una abstracción metodológica espontánea, sino como una gesta histórica indispensable que desafió la fragmentación del saber y abrió el camino para pensar, con valentía, la complejidad irreductible de lo humano.

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2 Responses

  1. Interdisciplinariedad ya era algo que sabías desde que nos conocimos hace aproximadamente 30 años mi querido Doctor Rafael Mauleón y comentando te hoy mismo respecto a otro contenido de hace miles de años ya se prevía que si se generaba un desbalance entre el aspecto cibernético y apabullante de la comunicación, la parte humana quedaría totalmente desprotegida… la “virtualidad e inmediatez” de la comunicación en los dispositivos inteligentes al menos a las nuevas generaciones más bien los han aislado llevándolos a ser intolerantes a la escucha de una conversación como en las que familiarmente podían generarse en una sobremesa o reunión de amigos como se estilaba desde los 50’s…
    Todo debe ser breve, conciso para ser digerido.

    • Gracias por recordarme desde hace cuanto nos conocemos y de eso ya pasaron muchas lunas, por otro lado, seguramente cada persona en distintos momentos ha creido que los cambios indentificados disminuyen lo humano, pero aquí estamos yendo hacia el futuro y tratando de comprender y encontrar nuevos modos de estar en este mundo. Me parece que la búsqueda es por el sentido de la vida, un tema nada menor. Saludos

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