En el debate intelectual contemporáneo, pocos diálogos parecen tan clausurados de antemano como el que enfrentaría a Roger Scruton con Michel Foucault. Para el filósofo conservador británico, el autor francés encarna la quintaesencia de la deconstrucción nihilista: una mirada patológica que disuelve los lazos cívicos, reduce el amor al prójimo a dominación velada y desmantela las instituciones sin asumir la responsabilidad de su reemplazo. Por su parte, desde la arqueología y la genealogía foucaultiana, el elogio scrutoniano de la tradición, la familia canónica y las asociaciones intermedias se leería como una apología cándida —o cómplice— de los dispositivos disciplinarios que naturalizan el biopoder y la sujeción moral.

A primera vista, la encrucijada se reduce a una elección binaria: o la custodia nostálgica del orden heredado, o la demolición crítica de sus tramas de sujeción.

Sin embargo, una epistemología transdisciplinar y compleja (Edgar Morin, Basarab Nicolescu) ofrece una salida a este callejón sin salida disyuntivo. Lejos de imponer un término medio complaciente, la transdisciplinariedad permite articular ambas posturas a través de la lógica del tercero incluido y el reconocimiento de múltiples niveles de realidad.

El cruce en tensión: dos niveles de un mismo fenómeno

Scruton y Foucault no están describiendo realidades incompatibles; están situados en niveles epistemológicos distintos que se condicionan mutuamente:

  • Scruton en el nivel de la pertenencia y el sentido vivido (Lebenswelt): Su filosofía rescata la necesidad antropológica de la oikofilia —el amor al hogar, la custodia del entorno inmediato y los pactos tácitos entre generaciones—. En este estrato fenoménico, la institución opera como una membrana nutricia: sin templos, sin ritos de paso, sin una trama consuetudinaria compartida, el individuo queda arrojado a la intemperie del mercado y a la alienación técnica.
  • Foucault en el nivel de los dispositivos y las tecnologías de poder: Su mirada penetra en el envés de esa misma trama nutricia. Revela que ninguna institución es inocente: toda custodia consagra exclusiones, toda noción de «orden natural» fija cuerpos dóciles y todo rito compartido delimita quién califica como sujeto legítimo y quién es arrojado a la periferia de la anormalidad.

Reducir la postura de Scruton a mera justificación de la opresión ignora la urgencia vital del sentido y la autoorganización comunitaria; reducir la crítica de Foucault a mero resentimiento nihilista ignora la lucidez ética necesaria para no sacralizar formas históricas de dominación.

La resolución transdisciplinar: tres principios operadores

Para que esta confrontación devenga potencia de sentido, la complejidad aporta tres herramientas conceptuales indispensables:

  • El principio dialógico (Morin): Orden y desorden, custodia y transgresión, no son términos antagónicos que deban anularse, sino dimensiones complementarias y rivales a la vez. Una sociedad necesita la conservación de sus núcleos de sentido (Scruton) tanto como la interpelación permanente de sus inercias de dominación (Foucault). La homeostasis social no es rigidez cadavérica: es un equilibrio dinámico que se reconfigura asimilando la crítica que la desestabiliza.
  • La lógica del tercero incluido (Nicolescu): En la lógica clásica (tercero excluido), una institución o es un refugio protector (A) o es un dispositivo de sujeción (no-A). En la transdisciplinariedad, el tercero incluido (T) emerge en un nivel de realidad superior: la institución como espacio de recreación ética y cuidado de sí. En ese estrato, la oikofilia scrutoniana se fecunda con la última etapa de Foucault —la hermenéutica del sujeto y las prácticas de libertad—. Habitar el hogar no equivale a someterse ciegamente a sus mandatos; implica una relación estética y una reflexión critica con las normas que nos constituyen.
  • La ecología de la acción: Toda intervención crítica tiene consecuencias imprevistas. Advertir con Scruton que desmantelar un dispositivo sin prever su relevo funcional engendra vacíos propicios para el desarraigo utilitario, y asumir con Foucault que ninguna costumbre consolidada puede sustraerse a la sospecha ética de sus privilegios.

Resolver la disputa entre Scruton y Foucault no exige reconciliar forzadamente sus biografías ni limar sus asperezas teóricas. Exige aprender a pensar en bucle: amar el hogar con suficiente lucidez como para no convertirlo en prisión; deconstruir sus muros con suficiente responsabilidad como para no quedarnos a la intemperie. La encrucijada transdisciplinar no clausura el conflicto: lo transforma en una ética de la custodia vigilante.

Categories:

Tags:

6 Responses

  1. el autor formula la resolución transdisciplinar (tercero incluido) en los párrafos centrales, pero en el párrafo final la expresa con una lógica disyuntiva (A vs. NO-A), lo que contradice performativamente el enfoque que dice adoptar. No es que el contenido sea falso, pero la forma lógica del cierre no es transdisciplinar, sino binaria.

    • Mi estimado Bulmaro, primero gracias por dedicar de tu tiempo para leerme y te aseguro que buscaré ser mas claro en siguientes escritos, porque no hay tal contradicción que señalas, te invito a que lo leas de nuevo, porque son tres escenarios los que al final se plantean y cabe decir que no se busca “Resolver la disputa entre Scruton y Foucault” Más bien se: “Exige aprender a pensar en bucle”. Como lo expongo, y aquí se plantean dos posibilidades (que parece es en lo que te quedas, el binarismo), primero: “amar el hogar con suficiente lucidez como para no convertirlo en prisión” y segundo “deconstruir sus muros con suficiente responsabilidad como para no quedarnos a la intemperie”. Y el tercero (incluido): “La encrucijada transdisciplinar no clausura el conflicto: lo transforma en una ética de la custodia vigilante”. En conclusión, no hay contradicción, si bien, podría existir sin ningún problema. Y cierro compartiéndote que: terminé un capítulo de un libro y decidí que el epígrafe fuera esa canción popular que dice: No hay nadie perfecto, amor. Todos nos equivocamos. El amor es imperfecto, lo perfecto es INHUMANO (en el sentido de insensible y duro). Saludos.

  2. Me quedé pensando en el cierre: en esa custodia vigilante que no clausura el conflicto sino que lo vuelve ética, y en el pensar en bucle que la sostiene. Lo que agrego es mío y no del texto: que esa custodia se sostiene también en el cuerpo. La incertidumbre de la dualidad no se resuelve pensando en bucle, se alberga.

    Y de ahí me queda una duda sana. Si la custodia vigilante exige lucidez sostenida y sospecha que no descansa —como el propio texto plantea—, ¿puede volverse algo más parecido a un sistema nervioso que se autorregula con el mínimo esfuerzo, o el esfuerzo permanente es parte de lo que la hace custodia?

    No sé cuánto de esto se deriva de la conclusión y cuánto lo puse yo. Me quedo tranquilo con la sospecha.

    • Gracias Carlos y pues la repuesta en estricto no la tengo porque hay muchas posibilidades, puedo presuponer algunas y entre ellas el confiar en que esa atención se convierta en una actitud permanente. Como sabes no soy neurocientífico, pero he leído del tema y algo ya detectado es que por economía de energía, el cerebro y por ende nosotros, tendemos a lo más simple: binarismo, costumbre, entre otras cosas. En ese sentido, el no estar alerta constante, lleva a la cotidianidad y por consecuencia, lo deseable es que no desaparezca esa condición.Esa es la duda razonable, el escepticismo o no claudicar en prestar atención a nuestro estado de confort. Saludos

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *