La disertación de Jack Lee Mahan Jr. (1970) resulta profética para analizar el desencanto actual en la educación superior. El sentimiento de malestar que hoy expresan algunos jóvenes no es gratuito: nace de una promesa de movilidad social y profesional muchas veces incumplida, que se estrella contra un sistema que sigue operando bajo lo que Mahan llamó la segunda ignorancia: una saturación de información hiperespecializada que carece de coherencia interna y de verdadera utilidad social, un aspecto dominante en instituciones educativas del país. El periódico La Jornada de México, presentó en abril del 2026 un dato que ofrece la Secretaría de Educación Pública del país: “Cada año 250 mil jóvenes dejan las universidades”. Por su parte Karla Osorio aseveró en la Revista Vértigo Político que, en el examen de admisión del 2025 para la Universidad Nacional Autónoma de México, hubo: “… cerca de 25 mil estudiantes menos que el año pasado solicitaron entrar a la institución de educación superior más demandada del país.” Y agregó: “Se trata de una reducción de 30% entre 2020 y 2025…” Pero ¿por qué sucede esto?
Desde el horizonte de la indagación transdisciplinaria propuesto por Mahan, la universidad contemporánea enfrenta, en primer lugar, el problema que llamó la abundancia de riquezas, es decir, la sobreoferta de datos frente a la escasez de sabiduría. El reto ya no es el acceso al conocimiento, sino su fragmentación y el seguir enfatizando la memorización de datos. Por consecuencia, parece que la institución de educación superior no puede seguir funcionando como un mero repositorio de contenidos, sino que debe convertirse en un nodo de integración. Esto implica sustituir el modelo centrado en la acumulación de créditos por uno basado en la síntesis de problemas y su solución. Más que recorrer materias aisladas, los estudiantes tendrían que trabajar en núcleos problemáticos donde la técnica y el método dejen de ser fines en sí mismos y se conviertan en herramientas para comprender fenómenos complejos, como la crisis climática o la ética algorítmica. En ese sentido, dos preguntas se invitan a contestar: ¿mi espacio educativo ha hecho algo al respecto? ¿Yo qué estoy haciendo?
En segundo lugar, Mahan advierte sobre los alcances de la interdisciplinariedad, que a menudo se reduce a una coordinación superficial entre fronteras disciplinares rígidas. Quizá por eso, ciertos jóvenes universitarios perciben su carrera como un almacén de información que no dialoga con la realidad viva. De ahí la necesidad de avanzar hacia una auténtica transdisciplinariedad, capaz de trascender las definiciones disciplinares tradicionales y que se oriente a atender problemas del mundo concreto. Un estudiante de ingeniería, por ejemplo, no debería limitarse a tomar una clase de ética como adición externa a su formación técnica, sino que su proceso formativo tendría que enraizarse en una filosofía de la indagación donde el impacto humano y social constituya el eje rector de todo diseño técnico. Si eso lo vives ya, te felicíto.
En tercer lugar, la disertación de Mahan subraya la urgencia de recuperar las humane sciences como eje transversal de la formación universitaria. Eso es un hecho en la actualidad, ya que la educación se ha tecnificado hasta tal punto que ha perdido de vista la construcción de una imagen unificada del ser humano. Si los jóvenes se sienten traicionados por el sistema, presumo que es en gran medida porque este los trata como recursos optimizables y no como sujetos en búsqueda de significado. Reinsertar de manera explícita la pregunta por el propósito social —el betterment of man and society— supone reconocer la interdependencia ecológica y social en el diseño de cualquier programa educativo, por muy técnico que sea. Solo así se podrá evitar que el egresado, hiperespecializado, pero aislado, sea socialmente inefectivo, y favorecer en cambio el egreso de agentes capaces de articular valores en un mundo interdependiente.
Finalmente, Mahan, siguiendo a Francis P. Chisholm, recuerda que no basta con reformar planes de estudio o introducir ajustes superficiales: es imprescindible transformar los supuestos silenciosos que estructuran la vida académica. Una verdadera reeducación estructural exige que las instituciones auditen críticamente sus propias premisas. Esto implica cuestionar por qué se premia la publicación fragmentada por encima de la investigación integradora; desmontar la jerarquía que otorga superioridad a los lenguajes técnicos frente a los lenguajes comprensivos; y evaluar el éxito educativo no en función de la rápida inserción laboral o del número de egresados, sino a partir de la capacidad del profesional que logra gestionar la complejidad y contribuye al bien común.
Entonces, la síntesis de esta propuesta sugiere que, para recuperar la confianza de las nuevas generaciones, la universidad debe transitar de un modelo de técnica descontextualizada a un modelo de indagación comprometida. La lectura de Mahan desde 1970 deja claro que la crisis actual de la educación superior no es una crisis por falta de datos, sino por ausencia de unidad en la experiencia humana. Al modelo fragmentado —centrado en técnicas y métodos rígidos, en disciplinas concebidas como fronteras cerradas y en la consecuente fragmentación del sujeto— se oponen los modelos transdisciplinarios, orientados a los problemas humanos complejos, a la generación de conocimiento para la mejora social y humana, y al reconocimiento de la wholeness (integridad) de la existencia.
En este horizonte, la transdisciplinariedad no aparece como una nueva disciplina más, sino como una orientación que reconoce que la calidad de vida y los valores constituyen el centro de toda indagación científica. La nueva pregunta que se abre es: ¿si las instituciones actuales están realmente dispuestas a sacrificar su estructura organizacional, para permitir una indagación que trasciende fronteras, o si el peso de la burocracia académica continuará siendo el principal obstáculo para una transformación de fondo? Sin olvidar otros factores que se deben considerar: financiamiento, políticas públicas, gobernanza, condiciones laborales docentes, interacción con sectores productivos y comunitarios, entre muchos otros temas y que posteriormente serán tratados.
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