En el contexto educativo contemporáneo, hablar de “nuevos modos de evaluación” ya no basta. El problema no es únicamente técnico (cómo diseñar mejores instrumentos), sino ontológico, epistemológico, procedimental: ¿qué tipo de sujeto se quiere cultivar?, ¿qué tipo de conocimiento se considera válido?, ¿qué criterios de validez se ponen en juego? Desde la perspectiva de la transdisciplinariedad, tal como la formula Basarab Nicolescu en sus tres axiomas, las prácticas evaluativas no son neutrales, sino que encarnan una determinada comprensión de la realidad, de cierta lógica y de complejidad.

Este texto expone un conjunto de experiencias y dispositivos de evaluación alternativa, presentada como una cartografía transdisciplinar y organizada en dos ejes: uno ontológico-lógico‑epistemológico (los tres pilares de la transdisciplinariedad) y otro operativo (modelos educativos, metodologías de trabajo, procesos de credencialización y técnicas de evaluación). El objetivo es 

enunciar alternativas de evaluación que superen las meras ‘variantes creativas’, a través de una perspectiva panorámica e introductoria, con el fin de desplazar el foco memorístico hacia un propósito educativo centrado en la transformación del sujeto y sus entornos.

1. El eje ontológicoepistemológico: tres decisiones de fondo

La transdisciplinariedad, en el sentido fuerte, implica al menos tres desplazamientos fundamentales:

En primer lugar, el reconocimiento de múltiples niveles de realidad. Frente a la fragmentación disciplinar clásica —donde física, sociología o pedagogía operan como compartimentos estancos—, las prácticas que parten de fenómenos complejos (como el cambio climático o la gentrificación urbana) asumen que no existe una única capa explicativa suficiente. El aula transdisciplinar debe moverse, de manera articulada, entre lo técnico, lo social, lo ético, lo existencial, entre otras posibilidades. La evaluación, entonces, ya no puede circunscribirse a medir el dominio de un contenido aislado, sino que debe registrar la capacidad de navegar entre esos niveles y tejer conexiones significativas.

En segundo lugar, la adopción de una lógica del tercero incluido. La burocracia escolar se rige por oposiciones binarias rígidas: aprobado/reprobado, saber/no saber, docente/discente. Las alternativas que aquí se consideran —bitácoras procesuales, palimpsestos digitales, arqueologías de la pregunta, diálogos de saberes— introducen explícitamente un tercer espacio: el del tránsito, el error productivo, lo inacabado. El conocimiento no aparece como un estado fijo, sino como un devenir. De ese modo, evaluar deja de ser clasificar sujetos en polos opuestos y se convierte en legitimar estados intermedios donde el saber se está gestando.

En tercer lugar, la asunción de la complejidad y del denominado “Modo 2” de producción de conocimiento. El saber ya no se concibe como algo resguardado en un contenedor estable (el libro de texto o la figura del profesor), sino como una red rizomática co‑producida entre sujetos, tecnologías, instituciones y territorios. Prácticas como la cognición aumentada y la curaduría crítica de contenidos, las comunidades de indagación o la ecología del aprendizaje asumen que lo central no es memorizar información, sino desarrollar criterios para orientarse en un ecosistema informativo saturado, desigual y algorítmicamente mediado. La evaluación, en este contexto, se dirige a visibilizar trayectorias, decisiones éticas y estrategias de sentido, más que a fiscalizar respuestas correctas.

2. Ejes operativos: cuatro planos de práctica

Sobre este sustrato ontológico-lógico‑epistemológico se despliegan cuatro ejes operativos que permiten organizar algunas de las experiencias antes descritas en: modelos de aprendizaje, metodologías de trabajo, procesos de credencialización y técnicas de evaluación.

Los modelos de aprendizaje constituyen las configuraciones globales desde las cuales se habita el aula (física o virtual). El Aprendizaje Basado en Fenómenos, inspirado en las reformas finlandesas, abandona la fragmentación por asignaturas para tomar como punto de partida fenómenos reales que exigen lecturas múltiples. Las comunidades de indagación, ligadas a la pedagogía de la pregunta, reconvierten el aula en un espacio dialógico donde el núcleo no es la transmisión de respuestas, sino la generación colectiva de preguntas cada vez más críticas. La perspectiva de ecología del aprendizaje, por su parte, reconoce que el conocimiento se construye en redes formales e informales (laboratorios ciudadanos, museos, comunidades en línea, ciudad), desplazando el monopolio de la institución escolar; este es el supuesto del Conectivismo.

Las metodologías de trabajo son las coreografías concretas mediante las cuales esos modelos se materializan. La investigación‑creación trenzan teoría, práctica, arte y acción política, disolviendo la separación entre quien aprende y lo que se estudia. Mientras que, la espiral de la investigación‑acción (planificación‑acción‑observación‑reflexión) convierte la evaluación en motor continuo de autorregulación, más que en evento terminal. Las bitácoras y los palimpsestos digitales registran el rastro del pensamiento, visibilizando tachaduras, desvíos y mutaciones conceptuales. Las cartografías de derivas —urbanas, conceptuales o digitales— permiten trazar la manera en que un sujeto se desplaza por distintos nodos de saber. La autoetnografía crítica sitúa al propio estudiante como objeto de investigación, obligándolo a analizar cómo su experiencia y sus prejuicios se transforman a lo largo del proceso educativo. Finalmente, los dispositivos de mediación crítica o instalaciones pedagógicas encarnan el conocimiento en experiencias, performances o espacios interactivos donde el saber se vuelve materia, cuerpo y encuentro con otros.

En tercer lugar, se ubican los procesos de evaluación de macrocredenciales y microcredenciales, es decir, las formas institucionalizadas de reconocimiento que deben dialogar con los sistemas burocráticos. La Validation des Acquis de l’Expérience (VAE) en Francia, por ejemplo, permite obtener títulos oficiales a partir de un portafolio argumentado y una defensa ante un jurado, sin recurrir a exámenes estandarizados. Los modelos de Educación Basada en Competencias (CBE por sus siglas en inglés) en instituciones como Western Governors University reemplazan el tiempo‑asiento y las calificaciones numéricas por la demostración de desempeño en proyectos complejos, con dictámenes del tipo “competente/aún no competente”. El marco europeo de microcredenciales impulsa insignias digitales con metadatos que describen competencias, criterios de evaluación y evidencias asociadas, en sintonía con trayectorias de aprendizaje fragmentadas y acumulativas. En el contexto mexicano, el Acuerdo 286 abre la posibilidad de combinar casos prácticos, portafolios y evaluaciones orales para acreditar saberes adquiridos de forma autodidacta o laboral, aun cuando los resultados deban finalmente traducirse a números o dictámenes oficiales.

Por último, las técnicas de evaluación constituyen el repertorio de herramientas concretas que operan en el día a día. Portafolios narrativos razonados, retos situacionales evaluados con rúbricas socioformativas, entrevistas por competencias, defensas epistémicas en formato de diálogo de saberes, ensayos visuales y cartografías de derivas, sistematizaciones de experiencias, arqueologías de la pregunta o evaluaciones de impacto situado en comunidades y territorios: todas estas prácticas desplazan el énfasis desde el producto “limpio” hacia los procesos, las decisiones, los errores y las transformaciones subjetivas.

3. Convergencia: el sujeto transdisciplinar como horizonte

La articulación de estos dos ejes permite comprender que el núcleo de la propuesta no se limita a “mejorar” o “flexibilizar” la evaluación, sino a reconfigurar lo que se evalúa. Desde la transdisciplinariedad, el foco se desplaza del tener al ser: de la acumulación de créditos, promedios y títulos, hacia la transformación del sujeto y de sus entornos de actuación.

Cuando se evalúa una bitácora procesual, una autoetnografía crítica o un portafolio de ecosistemas de saber, lo que emerge no es simplemente un listado de competencias, sino la manera en que una persona aprende a moverse entre niveles de realidad, a habitar productivamente el error y la incertidumbre, a gestionar la complejidad informativa y social, y a intervenir en el mundo de manera situada y responsable. En ese sentido, las prácticas revisadas pueden entenderse como tecnologías de acompañamiento para la emergencia de un sujeto transdisciplinar: alguien que ya no puede ser reducido a la figura pasiva del “alumno” que responde exámenes, sino que se configura como co‑productor de conocimiento y como agente de transformación en constate aprendizaje.

La tensión con la burocracia escolar —la “aduana” donde toda esta riqueza debe traducirse a una nota, un dictamen o una credencial— no desaparece. Sin embargo, los modelos, metodologías, procesos y técnicas aquí descritos abren grietas significativas en esa lógica. En la medida en que hacen visible la complejidad de las trayectorias de aprendizaje y reivindican el valor epistemológico del proceso, contribuyen a descentrar la evaluación del paradigma industrial de la clasificación y la jerarquización, acercándola a una práctica de comprensión, diálogo y emancipación, que seguramente contribuye al buen vivir en el planeta. En siguientes entregas se profundizará en cada uno de los cuatro ejes operativos planteados.

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3 Responses

  1. Impressionante a clareza dos conceitos e o como, o tecido apresentado ao vincular os três campos dão o sentido verdadeiramente transformador que se espera de uma avaliação que entenda o ser avaliado como sujeito e não meramente como individuo! Amei!!!

    • Muito obrigado. Essa abordagem para a educação e a avaliação deveria ter sido considerada desde o início, por exemplo, na obra de Friedrich Fröbel e sua promoção do brincar, ou de Johannes Itten, que acreditava que um professor não deveria atribuir notas, mas sim motivar o aluno. É possível conscientizar professores e instituições para que concentrem o trabalho em sala de aula em uma aprendizagem que realmente envolva os alunos. Atenciosamente.

  2. Esa distinción entre sujeto e individuo lo cambia todo. En mi propio trabajo sobre cómo evaluar procesos de creación, encuentro que documentar la justificación de las decisiones —el porqué de cada elección, no solo el resultado— es una vía concreta para sostener lo que aquí propones: evaluar el tránsito y no solo el producto. Gracias por nombrarlo con tanta claridad. En hora buena. Un abrazo.

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